Primer brote de ébola en una zona de guerra del Congo

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A las dificultades de la lucha contra el letal virus del ébola se une, en este nuevo brote del este del Congo, la inseguridad de moverse por una zona inestable, infestada de grupos armados locales y extranjeros. Estas milicias se disputan las enormes riquezas mineras de la zona de Beni, en Kivu Norte, una región en conflicto perpetuo desde el fin del genocidio ruandés en 1994.

El Ministerio de Salud del Congo dio la alerta pocos días después de dar por cerrado el brote en la provincia de Equateur tras 42 días sin nuevos contagios. Según los expertos sobre el terreno, no existe relación entre ambos brotes, que comenzaron en mayo, aunque mientras que uno fue detectado con rapidez, el otro pasó desapercibido hasta el 1 de agosto. Las razones son, por un lado, la escasa estructura sanitaria de la zona, las dificultades en las comunicaciones, el propio conflicto y una huelga de trabajadores de la salud por culpa del impago de sus sueldos en los últimos meses.

El territorio de Beni, en la región de Kivu Norte, ha vivido enormes matanzas de población civil de 2014 hasta agosto de 2016, con más de 700 asesinados, muchos de ellos enterrados después en fosas comunes, algunos decapitados. Entre los perpetradores se encuentra el grupo islamista ugandés ADF (Alianza de Fuerzas Democráticas), una milicia ligada al Estado Islámico que mataron a 64 personas desarmadas en Rwangoma, en pleno parque natural de Virunga, hogar de los últimos gorilas de montaña.

Otro de los grupos desplegados en la zona es el FDLR (Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda), o sea, la milicia que aún hoy cobija a muchos genocidas de las matanzas de tutsis en 1994 en el país vecino. En este contexto, muchas ONG necesitan escolta armada y seguridad privada para poder moverse con ciertas garantías entre grupos armados, ejércitos nacionales, tropas de Naciones Unidas y mafias criminales. Esta misma semana han encontrado los cuerpos de 14 asesinados.

“Hay varios desafíos que tenemos que enfrentar”, dice Gwenola Seroux, Gerente de células de emergencia de MSF. “El primero, por supuesto, es limitar la propagación de la epidemia y esto requiere la protección de los trabajadores de la salud y las instalaciones de salud del virus. La vacunación, que el Ministerio de Salud está comenzando a proporcionar, será otra parte crítica de este esfuerzo”.

El aislamiento de estas zonas tan pobres siempre juega a favor del control rápido de la enfermedad. El hecho de que no existan carreteras ni un comercio floreciente hace que los portadores no puedan moverse con tanta facilidad y que el virus no se expanda.

A favor de su control también está la nueva vacuna, administrada con éxito en el brote de Equateur de este mismo verano a todo el personal médico y funerario y capital para la pronta victoria sobre el virus antes de que este pudiera viajar por el río Congo hacia alguna de las megaurbes como Brazzaville o Kinshasa. 3.200 dosis se están administrando, desde ayer, en los centros abiertos en Uturi y Beni.

Se trata del décimo brote desde que la enfermedad fue detectada en 1976. El paciente cero podría ser una mujer de 65 años que murió en la ciudad de Mangina con síntomas de fiebre hemorrágica (vómitos, fiebre alta y diarrea). Los siete familiares que tocaron su cadáver en el entierro fueron falleciendo poco después en una cadena de contagios ya experimentada en otros brotes.

Hasta el momento hay al menos 37 muertos (con 10 ya confirmados y 27 probables). Para detener el virus ya se han desplegado los miembros de la OMS y de la ONG Médicos Sin Fronteras, con gran experiencia en el tratamiento de estas fiebres hemorrágicas, como el gran brote de África Occidental de 2015, que se cobró la vida de más de 11.000 personas.

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