La Comisión Europea quiere acabar con el cambio de hora en 2019

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El discurso sobre el estado de la Unión de Jean-Claude Juncker ha tocado este miércoles los grandes temas del futuro de Europa: la compleja gestión de la migración, la creciente autonomía militar de los Veintiocho ante los agujeros del paraguas norteamericano, la fase final del Brexit o el peligroso resurgir nacionalista. Pero en medio de la grandilocuencia y los análisis sesudos que acompañan ese puñado de asuntos existenciales, Bruselas quiere hablarle al ciudadano de cuestiones más mundanas que afectan a su vida cotidiana. En ese ámbito, pocos debates han suscitado más interés que la continuidad del cambio de hora. Y su final puede llegar antes de lo que se esperaba en un principio: la Comisión ha anunciado que quiere que el último cambio de hora sea a finales de marzo u octubre de 2019. A partir de ahí, el horario permanecería invariable para todos.

El Ejecutivo comunitario recoge así el guante lanzado por un importante número de ciudadanos. La consulta realizada por Bruselas este verano para preguntar su opinión a los europeos batió todos los récords con 4,6 millones de participantes, la gran mayoría favorable a su eliminación. La Comisión anunció hace dos semanas que propondrá acabar con ese ritual de ajustar los relojes al no apreciar ventajas económicas que compensen las molestias que genera. Y en su discurso más importante del año, Juncker, no ha obviado el tema: “Los europeos, en mayo de 2019, no van a aplaudirnos si seguimos dos veces al año cambiando la hora. El cambio de hora debe ser suprimido”, ha afirmado en referencia a la fecha de las elecciones europeas.

El presidente de la Comisión Europea ha aclarado que Bruselas no tratará de que los miembros del club comunitario se decanten por el horario de verano o el de invierno. Y lo deja a su elección. “Los Estados deben decidir ellos mismos”, ha explicado. Los países europeos ya disponían de libertad de elegir en qué huso horario situarse, pero debían cambiar la hora dos veces al año obligatoriamente. Ahora, si la iniciativa es aprobada por los Estados miembros y la Eurocámara, esa obligación no solo desaparecerá: cada país podrá decir la hora que desee, pero se abolirá el cambio semestral, con lo que no se podrán adelantar ni retrasar los relojes durante el año.

Su aparición sobre el tablero comunitario ya ha auspiciado debates en algunos países. En España, el foco se ha puesto en si es más conveniente mantener el horario actual o pasar al de Reino Unido, Portugal e Irlanda, donde el reloj marca una hora menos, lo que supondría volver al huso regido por el meridiano de Greenwich. El mismo que España abandonó en 1942. Pero la medida divide al país geográficamente: Galicia la aplaude, pero despierta recelos en zonas como Baleares y Comunidad Valenciana por sus presuntos efectos negativos para el ocio y el turismo al adelantar la hora en que anochece.

“La propuesta de Juncker es una oportunidad para los países que tenemos un huso horario que no está adaptado al meridiano de Greenwich. Es un horario propuesto por el franquismo para adaptarlo a la Alemania nazi. El desfase en Galicia provoca consecuencias para la salud”, se ha quejado durante el discurso sobre el estado de la Unión la eurodiputada del BNG Ana Miranda portando un reloj en brazos.

Finlandia ha sido la gran inspiradora de la modificación de la norma. Un sector importante de su población lleva años reclamando acabar con el cambio de hora, recogidas de firmas incluidas.  Suecia, Polonia, Lituania, España y Alemania se han sumado al grupo de partidarios de su abolición. La gran preocupación de Bruselas es que, sea cual sea la decisión horaria de cada Estado, no se trastoque el funcionamiento del mercado interior, los transportes y las comunicaciones.

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